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viernes, 27 de octubre de 2017

LA CARTA DE PABLO IGLESIAS

   Vale la pena leer la epístola de Pablo Iglesias. Queda uno advertido acerca de lo que se propone: liquidar el llamado Régimen del 78  y sustituirlo por una República.  Ya familiarizados con estos decires y con la praxis correspondiente a raíz del caso catalán,  la carta no se puede tomar a la ligera.
   El adversario a batir es el “bloque monárquico” (PP, PSOE y Ciudadanos, tipificado este como “de extrema derecha” [sic!]) . Iglesias nos hace saber que dicho bloque anda metido en una “conjura monárquica para superar, mediante una restauración conservadora y centralista, la crisis española”. Tremenda afirmación. Según el párrafo que uno esté leyendo, el bloque es poderosísimo o algo podrido a la espera del empujoncito que lo mande a la cuneta de la historia.
    Pablo Iglesias afirma que hay solo una oposición, la que representa Podemos. Dice que el hecho de que no fuese a la recepción palaciega del 12 de Octubre así lo demuestra… Un gesto vale más que mil palabras. Los que fueron a la recepción y el que se negó, los conjurados y  el puro, el desafiante (el líder que se llena la boca con la palabra diálogo pero que no quiere representarnos en el palacio cuya entrada le ha sido habilitada con nuestros votos).
    Escribe Iglesias a modo de conclusión: “El espíritu constituyente del 15M debe impulsar la nueva España a la que aspiramos; social, republicana y plurinacional”.
   En primer lugar, yo no sé si el señor Iglesias puede arrogarse  tan frescamente la representación del 15M en base a  semejante guión. Lo dudo. Y por otra parte, ¿dónde está escrito que con los mimbres disponibles sea hacedera una República  sostenible y feliz –mejor que lo que ya hay? 
    A mi juicio, una República traída por los pelos sería una desgracia para España y también para la causa republicana. La visión de Iglesias como Puigdemont bis no tiene ninguna gracia, pero por ahí van los tiros. Por lo que nada tiene de extraño que el PSOE, felipista o sanchista, no pueda ir con él a ninguna parte. De donde resulta un gran favor a Mariano Rajoy.
    Iglesias, el solito, se ha sindicado como antisistema número uno, ciego a la correlación de fuerzas, con olvido de los decires sobre la transversalidad, desdeñando la ventaja moral de operar desde la Constitución en favor de quienes no nos sentimos representados. Increíble pero cierto. El establishment, feliz, por dos motivos: Iglesias asume estúpidamente el papel que este le había adjudicado, yendo de populista, antisistema y demás, y se mete en un nicho electoral condenado a la irrelevancia.
   Pone Iglesias el acento en su “nueva España plurinacional”. Como vivimos en el Estado de las autonomías y no bajo el franquismo, como aquí nadie puede sentirse como los angoleños bajo la dominación de los portugueses, se pregunta uno por el significado y los alcances de la expresión.
   Traída a colación en un contexto emocional marcado por el independentismo catalán, “plurinacional” adquiere unas connotaciones apropiadas para el lanzamiento de un ataque contra lo que Iglesias entiende por “centralismo borbónico”, contra la derecha en general y, por supuesto, contra la Constitución del 78.
    Me pregunto a quién diablos se dirige Iglesias.  Al parecer, a una capilla, quizá a quienes por jóvenes o por ignorantes pueden disfrutar con semejante pastiche, pero no creo que a sus cinco millones de votantes, muchos de los cuales podrían volver al PSOE a toda prisa, puestos en fuga por el plan y por la maniquea interpretación de la historia subyacente.
   En plan teórico se puede dar vueltas al concepto de nación todo lo que se quiera e incluso ver naciones por todas partes, dentro de las que ya hay, no coincidentes con ninguna frontera,  pero, ¿cuánta gente anda con esa obsesión? Por regla general, identificamos nuestra nación con España y la consideramos única. No seamos hipócritas: Nos cuesta horrores comprender a las pintorescas minorías que pugnan por la consideración de ser naciones soberanas dentro del solar patrio. Y esto no obedece a un simple tic de derechas como parece creer Iglesias, sino a la historia que tenemos a nuestras espaldas, a la experiencia de cada día  y a la saludable reverberación de sentimientos universalistas de corte ilustrado.
    Entiendo, cómo no, el amor al terruño, pero no entiendo a santo de qué se le ocurre a Iglesias excitar las fibras nacionalistas de unos y de otros precisamente ahora. Su propuesta apunta a una repetición, a lo grande, del famoso “café para todos”. Y como esto ocurre en el contexto del drama catalán, no se le ve el mismo propósito constructivo que tuvo antaño. Hasta puede uno sospechar una utilización oportunista del independentismo catalán como buldózer contra del Régimen del 78.   
    Lo triste del caso es que al poner el acento en las supuestas ventajas del impreciso modelo plurinacional, que en ninguna parte está escrito que satisfaga las exigencias de un independista radical, Iglesias desperdicia la posibilidad de hacer valer el nacionalismo español –el que entiende cualquier hijo de vecino y que sería necio confiar a la derecha– donde verdaderamente se le reclama: en la inteligente y pragmática oposición de la horda neoliberal. Según tengo observado, esta horda disfruta enormemente tanto con la división y hasta con la partición salvaje de países como también, aunque parezca contradictorio, con los subidones nacionalistas de corte irracional. Sería imperdonable hacerle el juego con unas indigestas pócimas plurinacionalistas en función de la clientela.
   Iglesias presenta su República ideal como social (eso sí, en el extravagante sobreentendido de que las Repúblicas son necesariamente sociales y las monarquías necesariamente antisociales).  Lo que importa es lo social, estoy de acuerdo, por descontado. Sin embargo, no me parece admisible utilizar lo social para dar sentido a cualquier desvarío y para demorar los asuntos sociales que no pueden esperar por el procedimiento de acumular deberes revolucionarios de imposible cumplimiento. Esta es una forma de irse por la tangente.
   La carta de Iglesias deja entrever una desmesura de pésimo pronóstico. Olvida que en este país nada sensato y decente es posible si se tiene la pretensión de copar todo el espacio político,  en plan adánico. Aquí no es nada saludable andar buscando camorra, empujando a alineaciones maniqueas, aspirando a que los oponentes desaparezcan como por ensalmo, porque no desaparecerán y hasta podrían volverse locos. Como para llegar a la República plurinacional habría que entrar en un proceso constituyente en toda la regla, la cosa da hasta miedo. 
    Parece que hay gente que ignora que en este país hay herederos del franquismo y del republicanismo, no necesariamente por libre elección, afortunadamente apaciguados y en buenas o aceptables relaciones gracias a las concesiones a la vez pragmáticas y heroicas que unos y otros se hicieron hace cuatro décadas. Yo, la verdad, no tengo ninguna gana de verme empujado a las coordenadas de los años treinta. ¿Encerrado en el campo de batalla donde peleaban republicanos y monárquicos con las consecuencias por todos conocidas y padecidas? No y mil veces no. Si para resolver los problemas sociales que nos acucian hay que volver tan atrás, estamos perdidos, señor Iglesias, y algo me dice que la mayor parte de los españoles no está de humor para semejante retroceso. 
    

lunes, 27 de julio de 2015

LA RAZÓN POPULISTA COMO ESPEJISMO

    Podemos reitera que no es “ni de izquierdas ni de derechas”, repite que la dialéctica izquierda/derecha es asunto superado. Esta originalidad no es baladí, pues separa a Podemos de quienes se sienten de izquierdas, y empieza a escamarme.
    Deduzco que  Pablo Iglesias se ha tomado realmente en serio eso de no ser de izquierdas ni de derechas. Al principio, me pareció una arriesgada argucia electoral encaminada a constituir un partido atrápalo-todo, a hacerse querer  por los despistados votantes del centro, en aplicación del abecé de la sociología electoral. (Arriesgada, porque la posición de un partido no la define él solo. También depende, y a veces decisivamente, de la posición que le atribuyan sus adversarios y sus propios militantes. Siendo obvio que Podemos ha quedado inscrito en el lado izquierdo, como radical además).
    Ahora me inclino a creer que si algo tiene esta anomalía de argucia electoral, tiene mucho más de principio ideológico de máxima significación. O Pablo Iglesias no habría rechazado de ese modo a Alberto Garzón y a todos los símbolos de la izquierda. Si se ha atrevido a desconcertar de paso a sus propios seguidores debo pensar que la cosa tiene mucha importancia para él.
    A mí me suena mal eso de “no ser de izquierdas ni de derechas”.  Me  suena a franquismo, a fascismo, a falangismo.  Una cosa es que la gente del 15-M se hiciese eco de esa fórmula (por estar rechazando simultáneamente al PSOE y al PP), otra cosa es que ciertos  posmodernos la usen por creer que hemos arribado al fin de la historia, y otra muy distinta que tal sea la referencia de un partido  que aspira a gobernar. De modo que ahora necesito pruebas para no considerar insano este planteamiento de Podemos.
    Intrigado, tentado estoy de atribuir esta excentricidad a la influencia de Ernesto Laclau, un pensador enrevesado, capaz de entretejer, no sin originalidad, los hilados de Gramsci, Althusser y Lacan (lúcido aquel, muy liantes estos dos).  Considerado un posmarxista (no se bien lo que es), Laclau ha influido en la izquierda latinoamericana de los últimos tiempos y no es sorprendente que Iñigo Errejón le hiciese objeto de su tesis doctoral. No es un autor menor. Otra cosa es que su pensamiento sea adecuando a nuestras particulares circunstancias.
     A diferencia de lo que hoy se estila, la visión que tiene Laclau del populismo no es negativa. Entiende que el populismo, en un grado u otro, forma parte de la acción política, en todo momento, como estamos viendo ahora mismo (por ejemplo, cuando el PP  y el PSOE se sacan de la manga una serie de medidas “populistas” de última hora). Hay, claro es, un populismo revolucionario, el que más le atrae, y otro conservador. Los  análisis de Laclau se han basado, sobre todo, en la versión peronista del populismo, un caso de libro.
     El populismo peronista hizo acto de presencia, como otros, en una sociedad donde la dialéctica izquierda/derecha no había rendido ningún fruto en orden a la redistribución de la riqueza, donde el sistema político era inútil, una simple mascarada al servicio de la oligarquía, donde la izquierda de toda la vida  se había empantanado víctima de la represión, donde había un abismo entre ricos y pobres. Y surgió como novedad, por encima de la vieja política, dispuesto a trascender aquella dialéctica, abarcándolo todo, y a la vez obligado a ello por los furibundos ataques recibidos desde los dos lados del campo de juego político. De allí su pretensión totalizante, a partir de la supuesta centralidad que se atribuía a sí mismo.
    No se hablaba de clases, sino de ricos y pobres, de oligarcas y descamisados, donde estos términos eran a todas luces exactos. Las viejas etiquetas ya no valían. Perón se sacó de la manga su justicialismo, con la creatividad que Laclau atribuye a estos movimientos en el plano de los dichos. ¿Comunismo, socialismo? No, no: ¡justicialismo!  De puertas para afuera, Perón hizo fortuna con su “tercera posición”, ni con la URSS ni con los Estados Unidos.
    Cabe ver la influencia de Laclau en la renuncia a expresarse en términos de izquierda y derecha, en la acuñación de la oposición pueblo vs. casta, en una nueva forma de hablar, en la renuncia a viejos dichos y símbolos, e incluso en cierta vaguedad de propósitos, típica de los populismos.
    Las preguntas espinosas se remiten a lo que el pueblo decida en su momento.  Se da por supuesto que todos los que oponemos a la casta vamos  o debemos ir en el mismo barco, en lo que anida una voluntad de alcanzar la hegemonía, unida a la razón populista (conceptos este y aquel centrales en la obra de Laclau). Todo esto es muy interesante, pero no le veo la utilidad en nuestro caso.
    Es cierto que aquí el sistema ha traicionado el bien común, como en la Argentina de finales de los años 40. Ahora bien, hecha esta constatación, se terminan los parecidos. En aquel país y en aquel entonces la divisoria entre ricos y pobres era brutal  e insalvable, no había asomo de cohesión social, etc. Puede que lleguemos a esa situación, pero todavía no hemos llegado, con lo que basta para dar por no aplicables las sugerencias de Laclau sobre la formación de un poder hegemónico de corte populista.
    En un viejo post afirmé que en la España actual no hay populismo a la vista, digan lo que digan los publicistas orgánicos del establishment. Y es que no lo creo posible. El nacimiento del peronismo obedeció a circunstancias irrepetibles.
   La combinación de los carismáticos Perón y Evita no es de las que se repiten, tampoco de las que se fabrican a voluntad.  Además, no se puede pasar por alto que el populismo peronista pudo desenvolverse porque Perón sumó la legitimidad emanada de las urnas al liderazgo de las fuerzas armadas, es decir, se hizo con la totalidad del poder efectivo, sin el cual nada hubiera podido hacer contra una oligarquía intratable.
    Pablo Iglesias tiene un carisma indudable, pero solo el que corresponde a nuestro tiempo y lugar, donde los liderazgos a la Perón o a la Chávez no son bien vistos. Si intentase abusar de él, a buen seguro que toparía con una repulsa creciente dentro de sus propias filas. Y  téngase en cuenta que está llamado a actuar en un Estado en el cual, por imperfecta que sea la separación de poderes, no podría hacer lo que le viniera en gana, por muy de su parte que creyera tener a la razón populista de Laclau.
     El esquema populista basado en un simple y llano “pobres contra ricos” no podría funcionar en la España de hoy como funcionó en la Argentina de Perón o en la Venezuela de Chávez. Aunque las cosas van de mal en peor, todavía hay millones de españoles que tiene algo que defender, un trabajo, un pensioncita, un pequeño bar, algo, con el correspondiente miedo a perderlo y la inevitable resistencia a dejarse llevar por la razón populista, algo que les inspira pavor, de lo que se aprovecha el establishment.
   Y hay un dato más, a mi juicio fundamental, que cierra la puerta a un movimiento populista en nuestro país. Y es que la Argentina que confió su destino a Perón era un país inmensamente rico, que vendía trigo y carne a espuertas, a un mundo medio muerto de hambre. El chavismo, por poner otro ejemplo, tuvo su petróleo. ¿Qué tenemos nosotros?  Hace falta un país rico para que el populismo pueda hacer valer su poder, para que pueda crecer desde el primer día.
    Desde el primer momento, Perón pudo hacer y convencer porque tenía dinero (lo mismo que Chávez). En cuanto las arcas se vaciaron, su régimen sucumbió. Y si el crepuscular peronismo encarnado en la señora Kirchner pudo frenar a los acreedores y hacerse querer con medidas sociales de corte populista, la explicación la encontraremos en la riqueza de aquel país, justo en lo que a nosotros nos falta.
    Mucho me temo que la influencia de Laclau  puede contribuir a desorientar a Podemos, y de rebote a todos. Esto por no recordar que, en su necesidad de alcanzar la hegemonía para no verse a los pies de los caballos, Perón dio lugar a una formación dotada de facciones de izquierda radical, de centro, y de extrema derecha, esto es, a un guirigay que solo él, carisma, demagogia y dinero mediante, sabía “manejar”.  No creo que un artilugio así interese a nadie por estos lares.
     Y no dejaría de parecerme una ironía cruel de la historia que a estas alturas ciertos  ingredientes del peronismo, para colmo entresacados de los académicos y enrevesados libros del profesor  Laclau, confundiesen la mente de la izquierda española, como confundió y mareó Perón a la izquierda de su país, no una sino varias veces… Aquí de lo que se trata es de arreglar, refundar, actualizar o relanzar la izquierda, no de renegar de ella en plan genialoide.

martes, 3 de junio de 2014

EN LOS PLIEGUES DEL TERCER MUNDO

   El daño que nos está haciendo el sindicato de proxenetas (la “casta”) es indecible.  Las cifras de parados, subempleados, precarios, hambreados, desahuciados, emigrados, enfermos, alcoholizados  y suicidas son tremendamente elocuentes. Pero tales cifras, llamadas a aumentar,  no muestran el cuadro completo: se producen daños muy difícil cuantificación.
     De seguir las cosas así mañana será imposible enseñar lo buena que es nuestra Constitución, lo sensato que es el sistema y el respeto que se  debe a las autoridades. Si los padres tienen motivos para preocuparse por sus hijos, estos toman nota de lo que está pasando, obligados  a asumir prematuramente  las “verdades de la vida” del tiempo infeliz de sus abuelos.
    Para millones de españoles la normalidad ya no rige, y esto tiene devastadoras consecuencias sociales y políticas. No se vive impunemente en la inseguridad, con la casa a media luz, con miedo al buzón, al teléfono y al timbre. Lo sabe cualquiera, aunque todavía no haya tenido necesidad de desollarse la cara con una cuchilla vieja, jabón lagarto y agua fría.
     Cuando se ha llegado al punto en que un niño sabe que si comunica que los zapatos se le han quedado chicos dará un disgusto, cuando un adulto trata de ocultar que se la ha caído un diente, cuando a un señor formal le tiembla la mano al hacer pis porque ha recibido un burofax, la cosa está bien fastidiada, aunque quede un trecho para llegar al abismo propiamente dicho.
    ¿En qué cuadrícula se registran los casos de paranoia invertida, en los cuales el sujeto, en lugar de verse perseguido, se siente eludido por propios y extraños, por su condición de mendicante o posible sablista? ¿Qué hace una persona seria que ha operado toda la vida sobre el mandato de no depender de nadie cuando tiene que confesar que no se las puede?
    ¿Dónde figuran las zozobras de la persona buena y solidaria ante el amigo o el familiar en apuros? ¿Y las de los abuelos, que ven hoy arruinada su tranquilidad ante la evidencia de que pronto dejarán de aportar su pensión a la subsistencia de hijos y nietos?
    ¿Cuántas personas se sientan a oscuras en la alta noche sin saber hacia dónde tirar, cuántas hacen zapping compulsivamente, corroídas por la idea de haberse equivocado de medio a medio en los estudios, los sueños, las ambiciones, en todo? ¿Dónde se anotan estos sufrimientos? ¿Dónde figuran los casos de autoinculpación neurótica y los reproches vitriólicos que vienen con la desesperación?
     Para millones de españoles el tiempo corre a una velocidad endiablada: siempre se echa encima “el fin de mes”, con el trépano de las facturas pendientes y nuevas. Si la víctima decide llevar una contabilidad al céntimo, malo para él y para las personas de su entorno, si opta por no llevar las cuentas, malo también. Si la percepción del tiempo se altera, resulta que la percepción del dinero también. Lo que al sujeto le parece mucho, resulta que es poquísimo, con cálculos o sin ellos. Y por eso cuando ha “cobrado algo que le debían”, resulta que vuelve a casa con las orejas gachas o completamente airado.
     Decía el optimista Benjamin Franklin que el tiempo es oro. Puede ser plomo.  Pero no sin consecuencias, extrasístoles, discusiones vanas, esperas inútiles, colas, frenético escarbeo de papeles y documentos, vanas esperanzas, sudores fríos, alcohol, calmantes, antidepresivos y salidas en falso. En términos existenciales, esto va de plomo en el ala. Cuanto más probo y bienpensante haya sido el sujeto, cuanto más razonable haya sido en todos los órdenes de la vida, cuanto más se haya fiado de las santas apariencias, peor lo pasará. No se aprende en un día ni en dos a vivir en los pliegues del Tercer Mundo.


lunes, 28 de mayo de 2012

ECONOMÍA Y PERVERSIDAD



  La publicidad impuso la absurda creencia de que vivimos en el único orden posible, de que todo aquel que no ponga por encima el dinero es un estúpido, de que lo primero es y debe ser la economía, el saber de los únicos sabios que merecen ser oídos. La Bestia neoliberal es, por definición, una perversidad económica, cosa de economistas sin entrañas asociados a los intereses del 1%.
    Los presuntos genios de la economía,  se han pasado cuarenta años vendiendo humo (una sociedad de propietarios, capitalismo popular…) y operando seria y metódicamente a favor de ese 1%. Los resultados, a la vista. Ya estamos todos metidos en una pirámide de Ponzi planetaria. La humanidad ha sido desplumada, EEUU es la sombra de lo que era, Europa es un pecio político, España un país arruinado, endeudado hasta las cejas. El contrato social, roto. La legitimidad democrática, usada para grandes robos de guante blanco…
    Nos espera más propaganda (de los “brotes verdes”, pasamos al “crecimiento”), más reformas aprobadas en verano, anunciadas en vísperas de vacaciones, más noticias administradas con elevado sentido de la psicología de masas (se empieza diciendo que Bankia necesita 4.500 millones de euros, para llegar, a saltos, a 23.000 millones). Sí, nos espera más propaganda, parte de ella envasada como noticia. Y nos espera el cultivo de toda clase de irracionalidades, incluidas las religiosas.
   Y desgraciadamente, nos espera más violencia, de diverso tipo. Violencia sutil, con modificación de leyes, con chantajes, con multas por protestar,  con vigilancia de unos y de otros, con demonizaciones, con maniobras de distracción –guerras periféricas incluidas–, y –por último– brutalidad a gran escala aquí mismo. Lo que no quiere decir que la Bestia neoliberal se vaya a salir con la suya. Cuando se llega a este punto, comienza la cuenta atrás. Como a Hitler, a la Bestia neoliberal le llegará su hora. Y es que ahora todos sabemos a qué atenernos, hasta los crédulos y los tontainas que le rieron las gracias.