martes, 27 de abril de 2010

KANT, INTERNET Y LA OPINIÓN PÚBLICA

     El viejo Kant nos propuso una curiosa fórmula para andar sobre seguro por el camino del progreso. Nos dijo que, como funcionarios, soldados, sacerdotes o lo que sea, todos tenemos la más estricta obligación de cumplir con nuestro deber, en cualquier circunstancia. En esto del deber era conservador hasta la obcecación. Pero añadía que, si se practicaba simultáneamente la libertad de expresión, se podría progresar de manera no traumática.  Pensaba que si el obediente ciudadano ejercía el inalienable derecho de  hacer públicas sus críticas al poder, éste se vería obligado –tarde o temprano– a tenerlas en cuenta, con lo que todos saldrían ganando, también la justicia. 
    Viene esto a cuento de que Internet, con sus redes sociales, pone a nuestra disposición herramienta para hacer oír nuestras críticas de manera nunca vista ni soñada. En rigor, eso que se llama “opinión pública” podría convertirse en algo serio y nada fácil de manipular por el poder establecido. A condición, claro es, de que tengamos en cuenta nuestra responsabilidad en el uso de tan  impresionante medio de comunicación. Hasta ahora, elecciones y plebiscitos han venido siempre de arriba. Podrían venir de abajo. Hasta la fecha, los partidos políticos han podido dormitar y marear la perdiz interminablemente, pero no tendría por qué ser necesariamente así.
   Ya sé que es mucho pedir que esto de Internet se use para devolver el pulso y la probidad a nuestra actividad política, y mucho me temo que, en la era de la comunicación, seguiremos luchando por meter papeletas en unos sobres cada cuatro años. Pero, si nos tomamos en serio la herramienta, el poder establecido, tendrá que vérselas con redes de opinión ante las cuales no podrá seguir haciéndose el bobo. Puede que la fe de Kant en la libertad de expresión fuese ingenua, pero quizá la pongamos a prueba con fe o sin ella, al menos mientras dure.

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